4.20.2014

Te vi de reojo, desde mi ventana. Llevabas unos pantalones claros y una camisa roja, unos audífonos grandes y unas converse rotas, un gorro y un polerón negro, que a penas dejaba a la vista tu tatuaje. Miré de nuevo porque la atracción fue inmediata. No te volví a ver. Tomé mi libro, aquel que llevo cada vez que sé que subiré a una micro. Esta no se movía, había mucha gente, más de la que me hubiera gustado. Miro hacia el conductor con la cara de odio que me caracteriza cada vez que algo me impacienta. Te veo. Te veo a unos metros de mi, sentándote un par de lugares más allá, en ésos que con solo girar la cabeza puedes verme y puedo verte. A ratos levantaba la cabeza de mi libro y te miraba, ahí estabas, viéndome. La atracción era evidente. Nos detenía la timidez y la vergüenza de estar a punto de conocernos. Con cada mirada nos obserbávamos por más segundos. No sabía si acercarme a ti. Si seguir "leyendo". En realidad... sólo lograba imaginar. Me mirabas, yo te miraba, te cambiaste de asiento junto al mio. Preguntaste mi nombre y a dónde iba y pese a que ése no era tu destino, afirmaste que allí también te dirigías, conversamos todo el camino, reprimiendo las emociones y aquellos deseos que evidentemente nos envolvían, hasta que nos bajamos, me tomaste de la mano y nos fuimos... Algo me detiene. Es el sonido del timbre. Veo como te paras y con una mirada más te despides de mi. Como si el destino fuera a juntarnos de nuevo. Me dejas una sonrisa que aún ronda por mi cabeza. Me despido con la mano y con la esperanza de que te volveré a ver. En esa 406. Un día sábado a mediodía.

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